Por Eduardo Martí
Creo que todos, en algún momento, hemos sido esclavos del «qué dirán». Creo que todos hemos querido, en más de una ocasión, vivir una vida distinta a la que «nos tocó».
Llega una edad en la que finalmente despiertas y te das cuenta de algo contundente: lo que estás viviendo tal vez no lo decidiste, pero sí lo permitiste.
Quizás no escogiste tu carrera universitaria; tal vez fueron tus padres quienes te la inculcaron desde pequeño. Lo mismo pasa con la religión, y está bien, no lo critico. Tu primer empleo tampoco lo elegiste: te eligieron a ti, y así ocurrió con todos los que vinieron después.
Nos enseñaron a ser obedientes, a «hacer caso», a no hacer travesuras para no hacernos daño. «No te arriesgues, pórtate bien. No interrumpas a los adultos cuando hablan y no preguntes tanto. ¡Deja la curiosidad!»
Nos dijeron que estudiáramos para «ser alguien en la vida», para tener un trabajo fijo, progresar con un salario y, en el futuro, poder pagar el alquiler de la casa donde viviríamos casados y con hijos.
De pronto, llegas a los 40 o 45 años y entras en la famosa crisis de la edad madura. Ya no eres un joven, pero tampoco un viejo. Es esa etapa en la que despiertas del piloto automático y te cuestionas si realmente estás en el camino correcto. Te preguntas: ¿Quiero seguir llevando la vida que llevo? ¿Estoy a gusto con mi trabajo, con mis ingresos, con mis relaciones? Si sigo como voy, en cinco o diez años… ¿estaré satisfecho conmigo mismo y con lo que he logrado?
A todos nos llega el momento de preguntarnos si seguimos siendo empleados o si es hora de independizarnos y escribir un nuevo final para nuestra historia. Si debemos seguir casados o divorciarnos. Si es momento de mudarnos o continuar en el mismo lugar por años. A todos nos llega la hora de decidir si daremos, de una vez por todas, un auténtico «golpe de timón».
Por mi parte, yo tomé todas las decisiones que hicieron falta para encontrar al ser que realmente quiero ser y con el que hoy me siento a gusto. Me he casado tres veces, me he mudado de casa 36 veces, he vivido en dos continentes, tres países y nueve ciudades. Nunca fui empleado: fundé tres empresas, una la vendí muy bien vendida a sus ocho años; otra la cerré a los tres años porque no funcionó como esperaba, y la que hoy conservo suma ya 41 años de éxitos.
Con todo el cariño te invito a que te detengas, revises y decidas antes de que sea demasiado tarde. Hacerlo es un profundo acto de valentía.
Ten algo en cuenta: la muerte del empleo tradicional ya está decretada. El empleo como lo conocíamos tiende a desaparecer, pero habrá trabajo… muchísimo trabajo.
Deseo de corazón que llegues a ese punto en la vida donde te des cuenta de lo sabroso que es darte el permiso de ser tú mismo.
Que te importe cada vez menos ser criticado por construir una mejor versión de ti. Casi podrías decir que quienes te critican te honran, porque estás haciendo con libertad lo que ellos no se han atrevido a hacer… todavía.
Como decía Carl Jung: «Todos nacemos originales y morimos siendo copias».
Rebélate. Decídete a escuchar esa voz que has estado silenciando por miedo a ser cuestionado.
Benditas sean las decisiones valientes.

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