Por Eduardo Martí
Por definición, un problema es algo que requiere una solución. Pero en la cotidianidad, los problemas se convierten en un «problema» simplemente porque nos sacan de nuestra zona de confort.
Nos educaron para conseguir un trabajo estable, asegurar un techo propio y envejecer esperando una pensión. Compramos —y muy bien comprada— la mala idea de anhelar una vida tranquila, estable y sin sobresaltos. Algo que, sencillamente, es imposible. El verdadero problema es esperar que no existan.
Hace falta reencuadrar la idea: aceptar que los problemas forman parte natural de la vida y que debemos aprender y entrenarnos para resolverlos, manejarlos o convivir con ellos.
Llamemos «problema» a lo inesperado, pero también a todo aquello que nos desafía: la incertidumbre, los cambios, los procesos de transformación, los líos y las imprevistas «flatulencias» del día a día.
Seamos sinceros: ¿acaso una vida sin problemas no sería aburridísima?
Por cierto, escribo estas líneas desde mi tablet, sentado frente a la puerta G11 del Aeropuerto Internacional de Fort Lauderdale, en Florida, tras nueve horas de espera por el avión que nos llevaría a Chicago. Y no, no fue culpa de la aerolínea: me distraje y el avión se fue sin nosotros. Salía a las 11:00 a.m. y el próximo sale a las 10:00 p.m. Menudo problema.
Menos mal que Elizabeth y yo estamos entrenados para sacar provecho de lo que sea. Los problemas son la oportunidad perfecta para poner a prueba nuestras fortalezas, capacidades, destrezas, talentos y, sobre todo, nuestra serenidad.
Hace tiempo entendí que la PAZ no es la ausencia de problemas; es la ausencia de remordimientos. Sin embargo, la gran mayoría sigue comprando la idea equivocada. Lo más cercano a una vida sin problemas solo se consigue en el cementerio. De hecho, cuando alguien parte a ese sagrado lugar, lo despedimos con una frase hecha: «Descansa en paz». Así que mucho cuidado con lo que pides: si pides paz y tranquilidad con demasiada insistencia, podrías estar llamando a la «pelona» para que te venga a buscar.
Lo otro que quiero dejar claro es cómo asociamos los problemas al sufrimiento. El sufrimiento es directamente proporcional a la brecha entre la realidad y nuestras expectativas. Si espero demasiado (expectativa) y obtengo muy poco (realidad), de ese tamaño será mi frustración y mi problema.
Parte del secreto —y con esto empiezo a hilar el cierre de estas líneas— es aspirar a mucho, en abundancia, pero teniendo al mismo tiempo la sabiduría de aceptar lo que sucede.
Y ahora sí, voy con lo duro de este escrito.
Prepárate desde ya para lo que la Inteligencia Artificial va a acelerar muy pronto: la muerte del empleo.
Sí, desde hace años el profesor Jeremy Rifkin predijo el fin del empleo tal como lo conocemos. Cuando lo escuché por primera vez, me pareció una postura exagerada; hoy la veo absolutamente incuestionable. La IA se encargará de ello.
La buena noticia es que, aunque muera el empleo tradicional, habrá muchísimo trabajo para quienes estén dispuestos a quitarse el sombrero de empleados. Así que, a prepararse todo el mundo: aprende desde hoy a ofrecerte como un profesional independiente, autogestionado y enfocado en proyectos. (Ya no tendrás jefe… aunque para muchos, paradójicamente, no tener a quién obedecer también sea un «problema»).
Ya lo sabes: la muerte del empleo es inevitable. Quedas avisado.

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