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Nelson Mandela y Marianne Williamson con el texto «Nuestro miedo más profundo»

Por Eduardo Martí

Hay textos que lees, te parecen bonitos y los olvidas a los cinco minutos. Y hay otros que caen en tus manos como un impacto que no puedes dejar pasar.

Por allá en los años noventa cayó en mis manos un manifiesto extraordinario. Muchos se lo atribuyeron a Nelson Mandela, e incluso se repite que lo citó en su discurso de toma de posesión de 1994, aunque nunca lo hizo: pertenece a la escritora Marianne Williamson.

Cuando yo lo leí por primera vez, no solo me marcó: me revolcó, me hizo trizas, me desnudó.

Me lo tomé tan en serio que transformó mi perspectiva para siempre. Se los digo sin rodeos para que no lo dejen pasar como simple poesía o como «materia vista».

El escrito dice una verdad incómoda: «Nuestro miedo más profundo no es el de ser inapropiados. Nuestro miedo más profundo es el de ser poderosos más allá de toda medida. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad, lo que nos asusta».

A mí me sirvió para vencer mis propios temores a brillar, a mostrarme y, por supuesto, a recibir críticas. Durante mucho tiempo caí en la trampa de ocultar mis virtudes y talentos para no sonar arrogante ni incomodar a nadie. Pensaba que jugar al bajo perfil era una virtud.

Hasta que entendí lo injusto que estaba siendo conmigo y con el mundo. Llegué a comprender que es casi una falta de respeto con la vida —o con Dios, como prefieras llamarlo— no usar esos talentos y «poderes» que nos fueron dados.

Nos dijeron, a mi me dijeron, que encogernos era un gesto de humildad. ¡Qué mentira tan grande! Durante años, para no incomodar a los que se incomodaban con mi brillo, el que se terminaba incomodando era yo.

Hasta que hice el clic. Entendí que al mostrar mi luz no estoy aplastando a nadie; al contrario, le estoy dando permiso inconsciente a los demás para que hagan lo mismo. Pasé de temerme como un «incomodador» a asumirme como un inspirador.

Y hoy, sin culpa ni remordimiento, lo digo claramente: el que se incomode con el brillo ajeno, que resuelva su lío. (EESP: Ese Es Su Problema)

Ojo: esto no ocurrió de la noche a la mañana. Es un camino que aún transito. Pero me sirvió inmensamente para despejar una confusión que veo a diario en la gerencia y en la vida: la diferencia entre el amor propio y la arrogancia.

El amor propio no tiene nada que ver con sentirse superior a los demás ni con andar descalificando gente para alimentar el ego. Nada de eso. El verdadero amor propio es identificar lo que es vital para ti y tener la valentía de defenderlo.

Como siempre me han escuchado decir: se trata de hacer lo necesario para sentirte orgulloso y satisfecho con la persona que eres y con lo que haces para convertirte en quien quieres ser.

Aceptar que no tienes que compararte con nadie, que tu valor no depende de artificios ni estereotipos sociales —ni del reloj, ni del carro, ni del lujo que exhibes para buscar aceptación—. Se trata de estar cómodo en tu propia piel.

El escrito no termina ahí. Continúa diciendo… «Nacemos para poner de manifiesto la gloria que está dentro de nosotros. No está solamente en algunos: está dentro de todos y cada uno. Y mientras dejamos lucir nuestra propia luz, inconscientemente damos permiso a otras personas para hacer lo mismo. Al liberarnos de nuestro miedo, nuestra presencia automáticamente libera a los demás».

Mi deseo es que al compartirte estas líneas que me sacudieron hace años, también te hagan ruido a ti. Claro, es tu elección.

Dejemos de jugar al bajo perfil. Vamos a rebelarnos contra el miedo a ser juzgado y atrévernos a brillar. Yo seguiré en eso hasta el fin. es una decisión valiente. Benditas sean las decisiones valientes.

Ya sabes, puedes dejar tu comentario que yo mismo te lo respondo.

Aquí tienes el escrito completo, tal como lo conocí.

Nuestro más profundo temor no es que seamos inadecuados.
Nuestro mas profundo temor es que somos poderosos más allá de cualquier medida.
Es nuestra Luz, no nuestra Oscuridad, lo que más nos asusta.
Nos preguntamos: ¿Quién soy yo para ser brillante, grandioso, talentoso, fabuloso?
De hecho, ¿quién eres para NO serlo?
Tú eres un hijo de Dios. Tu forma apocada de jugar no sirve al mundo.
No hay nada iluminador en hacerse pequeño para que otra gente en torno tuyo no se sienta insegura.
Nacimos para hacer manifiesta la gloria de Dios que esta dentro de nosotros.
No esta solamente en algunos de nosotros, sino en todos.
Y conforme dejamos que nuestra propia Luz brille, inconscientemente damos a los demás permiso para hacer lo mismo.
En la medida en que liberamos nuestro propio temor, nuestra presencia automáticamente libera a otros.

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